Irene Lozano (*)
Está cambiando tanto la comunicación, que ya los escribidores no denunciamos la mordaza que nos ponen en la boca, sino la venda que cubre los ojos de los lectores. Antes de haber escrito una sola entrada en este blog, uno de nuestros expertos informáticos nos cuenta que mi bitácora no se podrá leer desde los ordenadores de la Comunidad de Madrid, o al menos, desde los dependientes de la Consejería de Educación. En sus buscadores, uno de los filtros que se aplica a las páginas web es la palabra “desnuda”, en nombre de la decencia y el decoro, como siempre.
Esperanza Aguirre no quiere navegaciones porno, para evitar el absentismo laboral –incluso el momentáneo- de quienes alternan la visita furtiva a la web con la visita pajillera al baño. Me decepciona que tan valiente lideresa no haya prohibido la palabra “mujeres”, siendo ellas en sí mismas tan pecaminosas como son. Si probáis a buscar en Google el peligroso vocablo, una de las primeras entradas os remitirá a “mujeres calientes”. O sea, que no tenemos solución, deberían borrarnos por completo. No es difícil: delete y pof, las mujeres fuera, la tentación erradicada sin recurrir al engorroso burka, que es poco liberal. Qué desengaño, esta tibieza de Aguirre. Y aún seguirán diciendo que es osada porque la censura de Rajoy sólo habría llegado a las desvestidas.
Este blog no tendrá relación con la vestimenta. Casi desnuda se refiere a la escritura a la que aspiro: sin ornamentos ni retruécanos. Artificios, los justos para llegar a la verdad, no a la verdad revelada e inmutable, sino a la verdad periodística, la de los hechos confirmados, relevantes y con consecuencias para la vida pública: la verdad en chanclas. O sea, desnuda. Esa es la metáfora que Aguirre no capta. Su capacidad de abstracción es pareja a la de los buscadores de Internet: uno de ellos me remite a productos para diabéticos cada vez que una amiga me envía un correo despidiéndose con “besos dulces”.
Y como el estilo es moral, cuando digo “desnuda” digo desprovista de cinismo y de los efectos especiales que maneja el periodismo charlatán. Con él, por cierto, seguiré colaborando para hacer mis tres comidas diarias. Y digo también inerme y vulnerable, porque la fastuosa promesa democrática de la red consiste en que si este pequeño insecto de Cuarto Poder zumba demasiado en los oídos de alguno de los banqueros que falsean sus balances, les bastará una querella y un par de cohechos para arruinarnos de por vida. Nos falta asimismo el abrigo de poderes económicos, políticos, sociales o religiosos: somos lo que se ve. Y tal vez esta desnudez metafórica sí la capten los ordenadores oficiales, de ahí la venda.
También comparecemos desplumados: el poco dinero que teníamos en el bolsillo lo hemos puesto a escote para este proyecto. Queremos que sea viable económicamente, y para ello contamos con nuestra profesionalidad, conocimiento y experiencia, pero no estamos en periodismo para forrarnos. Pienso, como Chomsky, que “aplicar el talento propio a un quehacer interesante y socialmente útil es recompensa suficiente para el ser humano no deformado y, por tanto, no embelesado por los señuelos del poder económico y político”. O sea, para el ser humano casi desnudo.
(*) Publicado en Casi desnuda, un blog de Cuarto Poder.